martes, 30 de diciembre de 2014

Las ruinas circulares. Jorge Luis Borges.

"Todo esto que me pasa y que les pasa a los que me rodean, ¿es realidad o es ficción? ¿No es acaso todo esto un sueño de Dios o de quien sea, que se desvanecerá en cuanto Él despierte, y por eso le rezamos y elevamos a Él cánticos e himnos, para adormecerle, para cunar su sueño? ¿No es acaso la liturgia toda de todas las religiones un modo de brezar el sueño de Dios y que no despierte y deje de soñarnos?"
(Niebla. Miguel de Unamuno.)
  
Hoy comparto con ustedes uno de mis cuentos favoritos de Jorge Luis Borges, Las ruinas circulares. Creo que es uno de esos relatos que requiere de una continua re lectura, uno de esos cuentos que se "modifican" cada vez que los leemos ...

En la estructura narrativa del mismo se halla uno de los temas que encuentro más fascinantes en la literatura, el arte y la filosofía ... Cómo distinguir lo real de lo ilusorio, somos soñadores o somos soñados ...

Espero lo disfruten tanto como yo.



Stonehenge
Artista: John Constable
Fecha de finalización: 1835
Lugar de creación: Reino Unido
Estilo: Romanticismo
Técnica: Acuarela
Material: Papel
Dimensiones: 38,7 x 59,1 cm
Galeria: Victoria and Albert Museum, Londres, UK 

Las ruinas circulares


Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

Jorge Luis Borges.  


 Stonehenge
 Artista: William Turner
Fecha de comienzo: c.1825
Fecha de finalización:c.1828
Estilo: Romanticismo
Técnica: Acuarela
Material: Papel
Galeria: Colección Privada


Temple of Minerva Medica
Artista: Camille Corot
Fecha de finalización: 1826
Estilo: Realismo
Técnica: Óleo
Material: Lienzo
Dimensiones: 21 x 27 cm
Galería: Museo de Bellas Artes, Angers, Francia

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He tomado este relato de: Ciudad Seva

Espero hayan disfrutado del cuento, como siempre si lo comparten en las redes sociales, tanto esta entrada como otras se los agradeceré, hasta la próxima !!!

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lunes, 22 de diciembre de 2014

Fondos de pantalla 01. Citas Varias.

Hoy inauguro una nueva modalidad para compartirles citas de artistas, filósofos y pensadores célebres. Hacía mucho no subía esta clase de material, y me pareció que, ya que para embellecer las entradas siempre subía alguna imagen o foto, era mucho más atractivo y bello intervenir las mismas con la cita en cuestión. Espero disfruten tanto del texto como de la imagen, y de paso si les gusta y las usan tienen un recuerdo del Blog ...

En el futuro habrá más entregas de esta clase de material, hoy la temática es Recuerdos, Destino, Riqueza y Soledad ...

Click en las imágenes para verlas más grandes.






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jueves, 18 de diciembre de 2014

El cuentista. Hector Hugh Munro. Saki.

"Una verdad sin interés puede ser eclipsada por una falsedad emocionante" (Aldous Huxley)

Hoy quiero compartir con ustedes otro cuento de Héctor Hugh Munro, conocido por el seudónimo de Saki. No creo que haya otra palabra para describir su literatura que no sea "extraordinaria".

Mezcla de modo magistral ingenio, irreverencia, humor y una inteligencia aguda y afilada como un preciso bisturí ...

En su libro Animales y más que animales, cuyo hilo conductor son, justamente, los animales, hay también varios cuentos, que además de tener este elemento en común, hacen referencia al acto narrativo, a la naturaleza de contar historias, a "crear realidad con la palabra".

Este es uno de dichos cuentos. Entre sus geniales historias, son los que más me han gustado. Quienes lean el blog con asiduidad ya sabrán a qué otros cuentos me refiero.

Si luego de leer este relato quieren buscar los otros, haciendo click en la etiqueta Saki o Héctor Hugh Munro irán directamente a ellos.


(Héctor Hugh Munro,"Saki")



El Cuentista


Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. Una tía, que pertenecía a los niños, ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta. 

-No, Cyril, no -exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los cojines del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe-. Ven a mirar por la ventanilla -añadió.

El niño se desplazó hacia la ventilla con desgana. 

-¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese campo? -preguntó.
-Supongo que las llevan a otro campo en el que hay más hierba -respondió la tía débilmente.
-Pero en ese campo hay montones de hierba -protestó el niño-; no hay otra cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de hierba.
-Quizá la hierba de otro campo es mejor -sugirió la tía neciamente.
-¿Por qué es mejor? -fue la inevitable y rápida pregunta.
-¡Oh, mira esas vacas! -exclamó la tía. 

Casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren tenían vacas o toros, pero ella lo dijo como si estuviera llamando la atención ante una novedad. 

-¿Por qué es mejor la hierba del otro campo? -persistió Cyril. 

El ceño fruncido del soltero se iba acentuando hasta estar ceñudo. La tía decidió, mentalmente, que era un hombre duro y hostil. Ella era incapaz por completo de tomar una decisión satisfactoria sobre la hierba del otro campo. 

La niña más pequeña creó una forma de distracción al empezar a recitar «De camino hacia Mandalay». Sólo sabía la primera línea, pero utilizó al máximo su limitado conocimiento. Repetía la línea una y otra vez con una voz soñadora, pero decidida y muy audible; al soltero le pareció como si alguien hubiera hecho una apuesta con ella a que no era capaz de repetir la línea en voz alta dos mil veces seguidas y sin detenerse. Quienquiera que fuera que hubiera hecho la apuesta, probablemente la perdería.

-Acérquense aquí y escuchen mi historia -dijo la tía cuando el soltero la había mirado dos veces a ella y una al timbre de alarma. 

Los niños se desplazaron apáticamente hacia el final del compartimiento donde estaba la tía. Evidentemente, su reputación como contadora de historias no ocupaba una alta posición, según la estimación de los niños. 

Con voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por preguntas malhumoradas y en voz alta de los oyentes, comenzó una historia poco animada y con una deplorable carencia de interés sobre una niña que era buena, que se hacía amiga de todos a causa de su bondad y que, al final, fue salvada de un toro enloquecido por numerosos rescatadores que admiraban su carácter moral. 

-¿No la habrían salvado si no hubiera sido buena? -preguntó la mayor de las niñas. 

Esa era exactamente la pregunta que había querido hacer el soltero. 

-Bueno, sí -admitió la tía sin convicción-. Pero no creo que la hubieran socorrido muy deprisa si ella no les hubiera gustado mucho.
-Es la historia más tonta que he oído nunca -dijo la mayor de las niñas con una inmensa convicción.
-Después de la segunda parte no he escuchado, era demasiado tonta -dijo Cyril.

La niña más pequeña no hizo ningún comentario, pero hacía rato que había vuelto a comenzar a murmurar la repetición de su verso favorito. 

-No parece que tenga éxito como contadora de historias -dijo de repente el soltero desde su esquina. 

La tía se ofendió como defensa instantánea ante aquel ataque inesperado. 

-Es muy difícil contar historias que los niños puedan entender y apreciar -dijo fríamente.
-No estoy de acuerdo con usted -dijo el soltero.
-Quizá le gustaría a usted explicarles una historia -contestó la tía.
-Cuéntenos un cuento -pidió la mayor de las niñas.
-Érase una vez -comenzó el soltero- una niña pequeña llamada Berta que era extremadamente buena. 

El interés suscitado en los niños momentáneamente comenzó a vacilar en seguida; todas las historias se parecían terriblemente, no importaba quién las explicara. 

-Hacía todo lo que le mandaban, siempre decía la verdad, mantenía la ropa limpia, comía budín de leche como si fuera tarta de mermelada, aprendía sus lecciones perfectamente y tenía buenos modales.
-¿Era bonita? -preguntó la mayor de las niñas.
-No tanto como cualquiera de ustedes -respondió el soltero-, pero era terriblemente buena.

Se produjo una ola de reacción en favor de la historia; la palabra terrible unida a bondad fue una novedad que la favorecía. Parecía introducir un círculo de verdad que faltaba en los cuentos sobre la vida infantil que narraba la tía. 

-Era tan buena -continuó el soltero- que ganó varias medallas por su bondad, que siempre llevaba puestas en su vestido. Tenía una medalla por obediencia, otra por puntualidad y una tercera por buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal y chocaban las unas con las otras cuando caminaba. Ningún otro niño de la ciudad en la que vivía tenía esas tres medallas, así que todos sabían que debía de ser una niña extraordinariamente buena.
-Terriblemente buena -citó Cyril.
-Todos hablaban de su bondad y el príncipe de aquel país se enteró de aquello y dijo que, ya que era tan buena, debería tener permiso para pasear, una vez a la semana, por su parque, que estaba justo afuera de la ciudad. Era un parque muy bonito y nunca se había permitido la entrada a niños, por eso fue un gran honor para Berta tener permiso para poder entrar.
-¿Había alguna oveja en el parque? -preguntó Cyril.
-No -dijo el soltero-, no había ovejas.
-¿Por qué no había ovejas? -llegó la inevitable pregunta que surgió de la respuesta anterior.

La tía se permitió una sonrisa que casi podría haber sido descrita como una mueca. 

-En el parque no había ovejas -dijo el soltero- porque, una vez, la madre del príncipe tuvo un sueño en el que su hijo era asesinado tanto por una oveja como por un reloj de pared que le caía encima. Por esa razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes de pared en su palacio. 

La tía contuvo un grito de admiración. 

-¿El príncipe fue asesinado por una oveja o por un reloj? -preguntó Cyril.
-Todavía está vivo, así que no podemos decir si el sueño se hará realidad -dijo el soltero despreocupadamente-. De todos modos, aunque no había ovejas en el parque, sí había muchos cerditos corriendo por todas partes.
-¿De qué color eran?
-Negros con la cara blanca, blancos con manchas negras, totalmente negros, grises con manchas blancas y algunos eran totalmente blancos. 

El contador de historias se detuvo para que los niños crearan en su imaginación una idea completa de los tesoros del parque; después prosiguió: 

-Berta sintió mucho que no hubiera flores en el parque. Había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del príncipe y tenía intención de mantener su promesa por lo que, naturalmente, se sintió tonta al ver que no había flores para coger.
-¿Por qué no había flores?
-Porque los cerdos se las habían comido todas -contestó el soltero rápidamente-. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener cerdos y flores, así que decidió tener cerdos y no tener flores.
 
Hubo un murmullo de aprobación por la excelente decisión del príncipe; mucha gente habría decidido lo contrario. 

-En el parque había muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con hermosos loros que decían cosas inteligentes sin previo aviso, y colibríes que cantaban todas las melodías populares del día. Berta caminó arriba y abajo, disfrutando inmensamente, y pensó: «Si no fuera tan extraordinariamente buena no me habrían permitido venir a este maravilloso parque y disfrutar de todo lo que hay en él para ver», y sus tres medallas chocaban unas contra las otras al caminar y la ayudaban a recordar lo buenísima que era realmente. Justo en aquel momento, iba merodeando por allí un enorme lobo para ver si podía atrapar algún cerdito gordo para su cena.
-¿De qué color era? -preguntaron los niños, con un inmediato aumento de interés.
-Era completamente del color del barro, con una lengua negra y unos ojos de un gris pálido que brillaban con inexplicable ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Berta; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que podía ser visto desde una gran distancia. Berta vio al lobo, vio que se dirigía hacia ella y empezó a desear que nunca le hubieran permitido entrar en el parque. Corrió todo lo que pudo y el lobo la siguió dando enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar a unos matorrales de mirto y se escondió en uno de los arbustos más espesos. El lobo se acercó olfateando entre las ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus ojos gris pálido brillaban de rabia. Berta estaba terriblemente asustada y pensó: «Si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría segura en la ciudad». Sin embargo, el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no pudo olfatear dónde estaba escondida Berta, y los arbustos eran tan espesos que podría haber estado buscándola entre ellos durante mucho rato, sin verla, así que pensó que era mejor salir de allí y cazar un cerdito. Berta temblaba tanto al tener al lobo merodeando y olfateando tan cerca de ella que la medalla de obediencia chocaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo acababa de irse cuando oyó el sonido que producían las medallas y se detuvo para escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se lanzó dentro de él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a Berta de allí y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de ella fueron sus zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres medallas de la bondad.
-¿Mató a alguno de los cerditos?
-No, todos escaparon.
-La historia empezó mal -dijo la más pequeña de las niñas-, pero ha tenido un final bonito.
-Es la historia más bonita que he escuchado nunca -dijo la mayor de las niñas, muy decidida.
-Es la única historia bonita que he oído nunca -dijo Cyril. 

La tía expresó su desacuerdo.

-¡Una historia de lo menos apropiada para explicar a niños pequeños! Ha socavado el efecto de años de cuidadosa enseñanza.
-De todos modos -dijo el soltero cogiendo sus pertenencias y dispuesto a abandonar el tren-, los he mantenido tranquilos durante diez minutos, mucho más de lo que usted pudo.
 
«¡Infeliz! -se dijo mientras bajaba al andén de la estación de Templecombe-. ¡Durante los próximos seis meses esos niños la asaltarán en público pidiéndole una historia impropia!»


Saki.

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Artista: Jamie Wyeth
Fecha de finalización: 1976
Estilo: Realismo Contemporáneo



He tomado este relato de: Ciudad Seva

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miércoles, 17 de diciembre de 2014

El príncipe y el mago. John Fowles.

¿Qué es la verdad? ¿Qué constituye lo real?, lo real en el sentido más absoluto y categórico de la palabra ... ¿Cómo saber que lo que pensamos y percibimos es "cierto o verdadero"? ...

Estos interrogantes me han apasionado, preocupado y hasta diré en alguna medida asustado, desde que era niño ... En estos últimos años, al volverme Mentalista (ilusionista) esta preocupación/búsqueda se revitalizó en muchos sentidos ...

Un ilusionista es un artista. El artista, por caminos distintos al de un científico, también trata de transmitir LO REAL, a través de una subjetividad, sí, pero no por ello dicha verdad es menos poderosa o transformadora ... Testimonio de ello es la historia, cuántas vidas se han transformado gracias al arte !!!

Pero, como Ilusionista, mi arte se basa también en el "engaño", especialmente el mentalismo, que es tal vez EL arte del engaño y la "manipulación" ... Pero ningún artista (por más humilde que fuere, como en mi caso) quiere engañar en el sentido "turbio" de la palabra, al contrario, el artista aspira a que sus mentiras lleven a verdades. Es cierto aquello de "aun cuando miente el artista dice la verdad" ...

Estos últimos años pienso casi a diario en esta dialéctica, en lo que implica, en la responsabilidad que se halla en el centro de este dilema ... Y, como suele sucederme, esas dudas e inquietudes tiñen muchos otros ámbitos de mi vida, de mi existencia ...

El mundo de "lo real", ¿no será en última instancia, tal vez, apenas una sumatoria de "creencias"?, más o menos justificadas, sofisticadas o precarias, pero creencias al fin ... 

Parece un peso muy grande, casi que si se piensa, el temor y el terror, golpean a las puertas del alma. ¿Y si no hubiese ni en la tierra un punto firme donde apoyarse?

Entonces ¿qué hacer? Este cuento lo leí hace muchísimos años, mucho antes de volverme ilusionista, pero cuando ya estaba recorriendo ciertos caminos que luego serían "poderosos afluentes" de lo que hoy es una de mis grandes pasiones ...

Espero obtengan de este relato todo lo que yo obtuve, y más ... 




El príncipe y el mago
(de John Fowles)

Érase una vez un joven príncipe que creía en todo, excepto en tres cosas: no creía en princesas, no creía en islas y no creía en Dios. Su padre, el rey, le había dicho que esas cosas no existían.Como no había ni princesas ni islas en los dominios de su padre, y ni un solo signo de Dios, el joven príncipe creía en su padre.

Pero un día el príncipe salió de su palacio y llegó al territorio vecino. Allí, para asombro suyo, desde cada lugar de la costa veía una isla; y en esas islas había criaturas extrañas y turbadoras que no se atrevía a nombrar. Mientras buscaba una barca, un hombre con traje de noche se le acercó por la orilla.

-¿Eso de allí son isls de verdad? -preguntó el joven príncipe.
-Claro que son islas de verdad -dijo el hombre con el traje de noche.
-¿Y esas criaturas extrañas y turbadoras?
-Son todas princesas auténticas y genuinas.
-¡Entonces Dios debe existir! -gritó el príncipe. 
-Yo soy Dios -contestó, inclinando la cabeza, el hombre del traje de noche.

El joven príncipe volvió a casa lo más rápidamente que pudo.

-Así que has vuelto -dijo el padre.
-He visto islas, he visto princesas y he visto a Dios -dijo el príncipe en tono de reproche.

El rey no se inmutó.

-No existen ni islas reales, ni princesas reales, ni Dios real.
-¡Yo los he visto!
-Dime cómo iba vestido Dios.
-Llevaba un traje de noche.
-Se había arremangado las mangas del abrigo?

El príncipe recordaba que sí. El rey sonrió.

-Ese es el uniforme de un mago. Te han engañado.

Viendo esto el príncipe volvió a la tierra vecina, y volvió a la misma costa, de nuevo, se encontró con el hombre del traje. 

-Mi padre, el rey, me ha dicho quién eres -dijo el joven príncipe indignado-. Me engañaste una vez, pero no lo volverás a hacer. Ahora sé que esas no son islas reales ni princesas reales, porque eres un mago.

El hombre sonrió.

-Eres tú el que te engañas, hijo. En el reino de tu padre hay muchas islas y muchas princesas; pero estás bajo el hechizo de tu padre y no las puedes ver. 

El príncipe volvió a casa pensativo. Cuando vio a su padre le miró a los ojos.

-Padre, ¿es verdad que no eres un rey de verdad sino solamente un mago?

El rey sonrió y se arremangó las mangas.

-Sí, hijo mío; soy sólo un mago.
-Entonces el hombre de la costa era Dios.
-El hombre de la costa era otro mago.
-Tengo que saber cuál es la verdad, la verdad más allá de la magia.
-No hay verdad más allá de la magia -dijo el rey.

El príncipe se entristeció y exclamó:

-Me voy a matar.

El rey, con su magia, hizo aparecer a la muerte. La muerte se puso en la puerta e hizo señales al príncipe. El príncipe se estremeció; recordó las hermosas islas irreales y las hermosas princesas irreales.

-Muy bien -dijo-. Creo que lo podré soportar.
-¿Ves, hijo? -dijo el rey-, ahora también tú empiezas a ser un mago.

(De la novela The Magus, de John Fowles, publicado por Jonathan Cape, 1977. Hay traducción castellana: El Mago, Anagrama, varias reediciones).

Este fragmento está extraído del libro Introducción a la PNL, de Joseph O'Connor y John Seymur, editorial Urano, 8ª Edición, páginas 184-186. 


Tapa del libro.

Fuente de la imagen del comienzo:
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lunes, 15 de diciembre de 2014

Tango de una noche de verano. Cine.




El documental es un género cinematográfico muy a menudo reducido a la mera función de "testimoniar objetivamente" determinado tema, una suerte de "trabajo práctico" visual en el que el objetivo y deber consiste en tomar información, unirla y presentarla del modo más objetivo y "frío" posible ...

Mucho debe tener que ver un modelo que se ha impuesto hace años, lo que sería el típico "Documental de canal de divulgación científica" llámese Nat Geo, Discovery etc ...

Pero, en este caso, como en otros, el documental opera de modo muy distinto, tiene otras "pretensiones" y "objetivos", se permite incluso ser artístico, en el sentido más pleno de la palabra, porque Tango de una noche de verano no es una película "documental sobre arte" sino arte documental ...

Pero, ¿en qué consiste el film? ... El punto de partida es una afirmación osada, temeraria, casi provocadora ...

"El tango es finlandés" ... O al menos eso sostiene el cineasta Kaurismaki cuando afirma que la verdadera cuna del género musical sería Finlandia ...

La película nos mostrará el viaje "odisea" de tres artistas argentinos por Finlandia intentando averiguar más, ahondar en esa afirmación. Los músicos en cuestión son el cantante Chino Laborde, el guitarrista Diego "Dipi" Kvitko y el bandoneonista Pablo Greco.



El film combina humor, música y reflexiones con una naturalidad y fluidez que son encantadoras. Los tres artistas argentinos en sí ya son lo que llamaríamos "pintorescos" en el mejor de los sentidos. Encarnan la identidad porteña, el espíritu de la música ciudadana, y como porteños son algo pícaros, bromistas, ruidosos y por momentos temperamentales.

Al comienzo de la historia, nuestro trío, junto con varias otras voces, responden a la afirmación de Kaurismaki, algunas son muy graciosas al estilo de "Sí, claro, y nosotros inventamos el sauna" o "Maradona es Japonés" ...


Chino y Dipi (esta imagen no pertenece a la película)


Parece que el Tango tiene que ver mucho con la identidad porteña, obvio sí, pero ... afirmar una cosa semejante a "el Tango es Finlandés" ...alcanza casi la dimensión de "blasfemia" ...

Con esa "espina" clavada en el alma parten nuestros viajeros hacia Finlandia. Una vez allí inician un recorrido que los lleva desde fiestas campestres donde se baila "Tango Finlandés" pasando por casas de aficionados, profesionales, profesoras de canto y hasta la leyenda viva más grande del Tango Finlandés.

Creo que con cada uno de los tres protagonistas podría hacerse una película en sí. Ahora bien, los tres juntos viajando en autos pequeños y hablando -como lo solemos hacer nosotros cuando recorremos paisajes desconocidos, tierras inexploradas- son geniales.


 Pablo Greco (esta imagen no pertenece a la película)


Pero el viaje que parecía más una aventura en busca de corroborar o no una afirmación que cualquier porteño (o incluso cualquier persona que conozca del tango amén de su nacionalidad) consideraría como mínimo temeraria, va hallando otros nortes. Durante el viaje se expone, diría casi se desnuda, la naturaleza del "ser" finlandés. Podrán pensar "en la opinión de quienes hablan", sí, pero hay un común denominador en esos testimonios y voces,  y no es tan dificultoso ver cómo surge un modo de ser y pensar, como, amén de nuestras diferencias, tenemos los habitantes de cualquier país o ciudad del mundo.




El paisaje es hermoso y rebosa belleza, pero hay una austeridad en sus habitantes, una fría y correcta "sequedad" que pareciera que dicha belleza no fuese del todo percibida o disfrutada (al menos a los ojos de un latino como nosotros).

Esa frialdad es perturbada (bien perturbada) por estos tres "atorrantes" (en el mejor de los sentidos) porteños ... Esa parquedad inicial se abre y estas personas comienzan a reflexionar sobre su tango finlandés de un modo y con una profundidad que conmueven. Uno de ellos afirma algo así como que "Antes de las nuevas tecnologías el Tango era una necesidad vital, porque ningún hombre finlandés se atrevería a decirle a una mujer que le gusta lo que siente, en cambio, si se tiene la suerte de sacarla a bailar, tal vez el cantante exprese eso que siente pero no dirá" ...




No hay que ser un entendido para notar muy pronto que, a nivel baile poco tiene que ver el Tango Finlandés como el Tango Porteño, y, salvo algunas excepciones, una gran cantidad de lo que ellos llaman Tango a nosotros nos parecerán (musicalmente hablando) muchas cosas, menos Tango ...



Pero este viaje nos ha sumergido en un ambiente tal que poco importa eso ya ... porque oír y ver a artistas tan lejanos (como lo son un argentino y un finlandés) sentarse y reflexionar sobre la música y el sonido, sobre cómo el silencio es una suerte de lienzo sobre el cual la música se posa, y sobre cómo es condición esencial el haber prestado atención, "oído" el silencio  para poder luego crear música ... al escuchar esas charlas y reflexiones a la vera de enormes y silenciosos lagos, de majestuosos bosques ... somos transportados ...




Cada uno de los personajes con los que se cruzan nuestros músicos son también pintorescos en el mejor de los sentidos. Hay momentos en que vemos situaciones surrealistas, pero que de algún modo, cuadran perfectamente dentro del film, le suman.

No quiero narrar las mil y una situaciones encantadoras, desopilantes, humorísticas, profundas que hay en la película. Como dije, incluso cada personaje por separado daría para una reseña propia. Pretendo apenas con estas líneas contribuir a que más personas vayan a ver este genial film. En la actualidad, la están exhibiendo en el Cine Gaumont (Buenos Aires, Capital Federal).

Debo admitir que "me llevaron" y fui con varias reservas a verlo, que por su extraño postulado sentí que no prometía mucho, me equivoqué y qué bello es equivocarse con estas cosas !!!

Si no la vieron, no la dejen pasar.

Ficha Técnica

Duración 83 min.

Escrito y dirigido por
Viviane Blumenschein

Protagonistas
Walter "Chino" Laborde (voz)
Diego "Dipi" Kvitko (guitarra)
Maestro Pablo Greco (bandoneón)

Productor
Christian Beetz (Gebrueder Beetz, Alemania)
Gema Juárez Allen (Gema Films, Argentina)
Pertti Veijalainen (Illume Ltd., Finlandia)

Dirección de Producción

Kathrin Isberner

Producción Creativa
Anahita Nazemi, Georg Tschurtschenthaler

Cámara
Björn Knechtel

Sonido
Manuel de Andrés
Guido Berenblum

Asistente de Dirección
Lisa Haefner

Asistente de Producción
Mayra Bottero

Foquista
Diego Mendizabal

Asistente de Cámara
Bruno Carbonetti

Apoyado por
INCAA
MEDIA Progamme of the European Union
FFA - German Federal Film Board
Mediaboard Berlin-Brandenburg
Filmstiftung Nordrhein-Westfalen
Finnish Film Foundation
YLE (Finlandia)
3sat (Alemania)
SF (Suiza)

Filmado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Finlandia



Espero hayan disfrutado de la reseña, como siempre si comparten en las redes sociales, tanto esta entrada como otras se los agradeceré, hasta la próxima !!!

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jueves, 11 de diciembre de 2014

Proverbios del Infierno. William Blake.

Los presentes "Proverbios del Infierno" son parte del libro Matrimonio del Cielo y el Infierno de William Blake.

Me los sugirió Julieta Manterola (quien habitualmente colabora recomendándome material para el Blog) y quise compartirlos, no he leído mucho de Blake, pero, al igual que lo que he podido disfrutar del autor hasta ahora, son de una fuerza literaria que me impresiona.

Las palabras tienen peso, el lenguaje que usa es poderoso, la mayoría de las imágenes "fuertes, densas" ...

Espero las disfruten tanto como yo ...


The Red Dragon and the Woman Clothed with the Sun
(El Dragón Rojo y la Mujer vestida con el Sol)
Artista: William Blake
Fecha de comienzo: 1803
Fecha de finalización:1805
Estilo: Simbolismo
Genero: Pintura simbólica
Técnica: Acuarela
Material: Papel
Dimensiones: 43,2 x 34,8 cm
Galeria: Museo de Brooklyn, Brooklyn, New York, USA.



Proverbios del infierno



En tiempos de siembra aprende, en tiempos de cosecha enseña
                  y en el invierno goza.

Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos.

La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría.

La prudencia es una fea y rica solterona cortejada por la incapacidad.

Quien desea y no actúa engendra la plaga.

El gusano perdona al arado que lo corta.

Sumergid en el río a quien ama el agua.

El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio.

Aquel cuyo rostro no irradia luz nunca será estrella.

La eternidad está enamorada de las creaciones del tiempo.

A la atareada abeja no le queda tiempo para la pena.

Las horas de la locura las mide el reloj,
pero ningún reloj puede medir las horas de la sabiduría.

Ningún alimento sano se atrapa con red ni trampa.

En años de escasez, usa número, peso y medida.

No hay pájaro que vuele demasiado alto si lo hace con sus propias alas.

Un cuerpo muerto no venga injurias.

El acto más sublime consiste en poner a otro delante de ti.

Si el necio persistiera en sus necedades llegaría a sabio.

La necedad es el atuendo de la bellaquería, la vergüenza es
                      el atuendo del orgullo.


Las prisiones se construyen con piedras de Ley; los burdeles
                      con ladrillos de religión.


La altivez del pavo real es la gloria de Dios.


La lujuria del chivo es la liberalidad de Dios.


La ira del león es la sabiduría de Dios.


La desnudez de la mujer es obra de Dios.


El exceso de pena ríe; el exceso de dicha llora.


El rugir de los leones, el aullido de los lobos, el oleaje furioso del
mar huracanado
              y la espada destructora, son porciones de la eternidad
demasiado grandes
              para que las aprecie el ojo humano.


El zorro condena a la trampa, no a sí mismo.


El júbilo impregna; las penas engendran.


Dejad que el hombre vista la melena del león y la mujer el vellón de la oveja.


El ave un nido, la araña una tela, el hombre la amistad.


El egoísta y sonriente necio y el necio que frunce malhumorado el ceño
han de considerarse sabios, y podrían ser medidos con la misma vara.


Lo que hoy está probado, en su momento era sólo algo imaginado.


La rata, el ratón, el zorro y el conejo vigilan las raíces; el león,
el tigre, el caballo
            y el elefante vigilan los frutos.


La cisterna contiene; el manantial rebosa.


Un pensamiento llena la inmensidad.

Si estás siempre listo a expresar tu opinión, el vil te evitará.


Todo lo que es creíble, es una imagen de la verdad.


Nunca el águila malgastó tanto su tiempo como cuando se propuso
aprender del cuervo.


El zorro se provee a si mismo; pero Dios provee al león.


Piensa por la mañana, actúa a mediodía, come al anochecer y duerme por la noche.


Quien ha sufrido tus imposiciones, te conoce.


Así como el arado sigue a las palabras, Dios recompensa las plegarias.


Los tigres de la ira son más razonables que los caballos de la instrucción.


Del agua estancada espera veneno.

Nunca sabrás lo que es suficiente a menos que sepas lo que es más que
suficiente.


¡Escucha los reproches de los tontos! ¡Forman un título real!


Los ojos del fuego, las narices del aire, la boca del agua las barbas
de la tierra.


El débil en coraje es fuerte en astucia.


El manzano nunca pregunta al haya cómo ha de crecer, tal como el león no
                         interroga al caballo sobre cómo atrapar la presa.


Quien recibe agradecido da copiosas cosechas.


Si otros no hubiesen sido tontos, lo seríamos nosotros.

El alma rebosante de dulce deleite jamás será profanada.

Cuando ves un águila, ves una porción de Genio: ¡Alza la cabeza!

Tal como la oruga elige las hojas mejores para depositar en ellas sus huevos,
el sacerdote lanza sus imprecaciones  para los más  dulces goces.

Crear una florecilla es labor de siglos.

La condena estimula, la bendición relaja.

El mejor vino es el más añejo; la mejor agua, la más nueva.

¡Las plegarias no aran! ¡Los elogios no cosechan!

Las alegrías no ríen. Las tristezas no lloran.

La cabeza lo Sublime; el corazón, lo patético; los genitales, la Belleza;
         manos y pies la Proporción.

Como el aire al pájaro o el agua al pez, así es el desprecio para el
despreciable.

El cuervo quisiera que todo fuese negro; el búho, que todo fuese blanco.

La exuberancia es belleza.

Si el león recibiese consejos del zorro, sería astuto.

El perfeccionamiento traza caminos rectos; pero los torcidos y sin
perfeccionar son los caminos del Genio.

Mejor matar a un niño en su cuna que alimentar deseos que no se llevan
a la práctica.

Donde no está el hombre, la naturaleza es estéril.

La verdad nunca puede decirse de modo que sea comprendida sin ser creída.

¡Suficiente! o demasiado.


The Good and Evil Angels
(El Dios y los Ángeles Demoníacos)
Artista: William Blake
Estilo: Simbolismo
Genero: pintura religiosa
Dimensiones: 44,5 x 59,4 cm
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martes, 9 de diciembre de 2014

Ante la ley. Franz Kafka.

Hoy un breve y poderosísimo relato de Franz Kafka, Ante la ley ...

El relato tiene una fuerza, una potencia literaria y me animo a decir filosófica que prefiero dejarlos directamente con él.


Franz Kafka (1883-1924)


Ante la ley


Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.


Ilustración de Lowell Isaac.


La ilustración la tomé de: Read Challenger (pueden leer el comic entero siguiendo el link, está en inglés)

El relato lo tomé de: Ciudad Seva

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