jueves, 19 de mayo de 2016

Pájaros en la boca. Samanta Schweblin. Cuento.


Hoy les traigo un cuento perteneciente al libro Pájaros en la boca de Samanta Schweblin, en el Blog ya hay tres reseñas (en dos entradas) sobre esta autora, ambas escritas por Julieta Manterola, al final dejo los links a ambas.

Espero disfruten el relato, me pareció fascinante, siniestro ... pero fascinante ...

En el futuro tengo pensado compartir otros relatos de esta escritora.




Samanta Schweblin nació en Buenos Aires en 1978. El núcleo del disturbio -su primer libro- obtuvo el premio del Fondo Nacional de las Artes en el año 2001 y el Premio nacional Haroldo Conti. Varios de sus cuentos han sido publicados por revistas y antologías latinoamericanas y extranjeras. Sus relatos se han traducido a varios idiomas.
El libro al que pertenece este relato, y que da nombre al mismo, obtuvo el Premio Casa de las Américas.



Apagué el televisor y miré por la ventana. El auto de Silvia estaba estacionado frente a la casa, con las balizas puestas. Pensé si había alguna posibilidad real de no atender, pero el timbre volvió a sonar: ella sabía que yo estaba en casa. Fui hasta la puerta y abrí.

-Silvia -dije.

-Hola -dijo ella, y entró sin que yo alcanzara a decir nada-. Tenemos que hablar.

Señaló el sillón y yo obedecí, porque a veces, cuando el pasado toca a la puerta y me trata como hace cuatro años atrás, sigo siendo un imbécil.

-No va a gustarte. Es... Es fuerte -miró su reloj-. Es sobre Sara.

-Siempre es sobre Sara -dije.

-Vas a decir que exagero, que soy una loca, todo ese asunto. Pero hoy no hay tiempo. Te venís a casa ahora mismo, esto tenés que verlo con tus propios ojos.

-¿Qué pasa?

-Además le dije a Sara que ibas a ir, así que te espera.

Nos quedamos en silencio un momento. Pensé en cuál sería el próximo paso, hasta que ella frunció el ceño, se levantó y fue hasta la puerta. Tomé mi abrigo y salí tras ella.

Por fuera la casa se veía como siempre, con el césped recién cortado y las azaleas de Silvia colgando de los balcones del primer piso. Cada uno bajó de su auto y entramos sin hablar. Sara estaba en el sillón. Aunque ya había terminado las clases por ese año, llevaba puesto el jumper de la secundaria, que le quedaba como a esas colegialas porno de las revistas. Estaba sentada con la espalda recta, las rodillas juntas y las manos sobre las rodillas, concentrada en algún punto de la ventana o del jardín, como si estuviera haciendo uno de esos ejercicios de yoga de la madre. Me di cuenta de que, aunque siempre había sido más bien pálida y flaca, se la veía rebosante de salud. Sus piernas y sus brazos parecían más fuertes, como si hubiera estado haciendo ejercicio unos cuantos meses. El pelo le brillaba y tenía un leve rosado en los cachetes, como pintado pero real. Cuando me vio entrar sonrió y dijo:

-Hola papá.

Mi nena era realmente una dulzura, pero dos palabras alcanzaban para entender que algo estaba mal en esa chica, algo seguramente relacionado con la madre. A veces pienso que quizá debí habérmela llevado conmigo, pero casi siempre pienso que no. A unos metros del televisor, junto a la ventana, había una jaula. Era una jaula para pájaros -de unos setenta, ochenta centímetros-, colgaba del techo, vacía.

-¿Qué es eso?

-Una jaula -dijo Sara, y sonrió.

Silvia me hizo una seña para que la siguiera a la cocina. Fuimos hasta el ventanal y ella se volvió para verificar que Sara no nos escuchara. Seguía erguida en el sillón, mirando hacia la calle, como si nunca hubiéramos llegado. Silvia me habló en voz baja.

-Mirá, vas a tener que tomarte esto con calma.

-Dejame de joder. ¿Qué pasa?

-La tengo sin comer desde ayer.

-¿Me estás cargando?

-Para que lo veas con tus propios ojos.

-Aha... ¿estás loca?

Dijo que volviéramos al living y me señaló el sillón. Me senté frente a Sara. Silvia salió de la casa y la vimos cruzar el ventanal y entrar al garaje.

-¿Qué le pasa a tu madre?

Sara levantó los hombros, dando a entender que no lo sabía. Su pelo negro y lacio estaba atado en una cola de caballo, con un flequillo que le llegaba casi hasta los ojos. Silvia volvió con una caja de zapatos. La traía derecha, con ambas manos, como si se tratara de algo delicado. Fue hasta la jaula, la abrió, sacó de la caja un gorrión muy pequeño, del tamaño de una pelota de golf, lo metió dentro de la jaula y la cerró. Tiró la caja al piso y la hizo a un lado de una patada, junto a otras nueve o diez cajas similares que se iban sumando bajo el escritorio. Entonces Sara se levantó, su cola de caballo brilló a un lado y otro de su nuca, y fue hasta la jaula dando un salto paso de por medio, como hacen las chicas que tienen cinco años menos que ella. De espaldas a nosotros, poniéndose en puntas de pie, abrió la jaula y sacó el pájaro. No pude ver qué hizo. El pájaro chilló y ella forcejeó un momento, quizá porque el pájaro intentó escaparse. Silvia se tapó la boca con la mano. Cuando Sara se volvió hacia nosotros el pájaro ya no estaba. Tenía la boca, la nariz, el mentón y las dos manos manchadas de sangre. Sonrió avergonzada, su boca gigante se arqueó y se abrió, y sus dientes rojos me obligaron a levantarme de un salto. Corrí hasta el baño, me encerré y vomité en el inodoro. Pensé que Silvia me seguiría y empezaría con las culpas y las directivas desde el otro lado de la puerta, pero no lo hizo. Me lavé la boca y la cara, y me quedé escuchando frente al espejo. Bajaron algo pesado del piso de arriba. Abrieron y cerraron algunas veces la puerta de entrada. Sara preguntó si podía llevar con ella la foto de la repisa. Cuando Silvia contestó que sí su voz ya estaba lejos. Abrí la puerta tratando de no hacer ruido, y me asomé al pasillo. La puerta principal estaba abierta de par en par y Silvia cargaba la jaula en el asiento trasero de mi coche. Di unos pasos, con la intención de salir de la casa gritándoles unas cuantas cosas, pero Sara salió de la cocina hacia la calle y me detuve en seco para que no me viera. Se dieron un abrazo. Silvia la besó y la metió en el asiento de acompañante. Esperé a que volviera y cerrara la puerta.

-¿Qué mierda...?

-Te la llevás -fue hasta el escritorio y empezó a aplastar y doblar las cajas vacías.

-¡Dios santo Silvia, tu hija come pájaros!

-No puedo más.

-¡Come pájaros! ¿La hiciste ver? ¿Qué mierda hace con los huesos?

Silvia se quedó mirándome, desconcertada.

-Supongo que los traga también. No sé si los pájaros... -dijo y se quedó mirándome.

-No puedo llevármela.

-Si se queda me mato. Me mato yo y antes la mato a ella.

-¡Come pájaros!

Silvia fue hasta el baño y se encerró. Miré hacia afuera, a través del ventanal. Sara me saludó alegremente desde el auto. Traté de serenarme. Pensé en cosas que me ayudaran a dar algunos pasos torpes hacia la puerta, rezando por que ese tiempo alcanzara para volver a ser un ser humano común y corriente, un tipo pulcro y organizado capaz de quedarse diez minutos de pie en el supermercado frente a la góndola de enlatados, corroborando que las arvejas que se está llevando son las más adecuadas. Pensé en cosas como que si se sabe de personas que comen personas entonces comer pájaros vivos no estaba tan mal. También que desde un punto de vista naturista es más sano que la droga, y desde el social más fácil de ocultar que un embarazo a los trece. Pero creo que hasta la manija del coche seguí repitiéndome come pájaros, come pájaros, come pájaros, y así.

Llevé a Sara a casa. No dijo nada en el viaje y cuando llegamos bajó sola sus cosas. Su jaula, su valija -que habían guardado en el baúl-, y cuatro cajas de zapatos como la que Silvia había traído del garaje. No pude ayudarla con nada. Abrí la puerta y ahí esperé a que ella fuera y viniera con todo. Cuando entramos le indiqué que podía usar el cuarto de arriba. Después de que se instaló, la hice bajar y sentarse frente a mí, en la mesa del comedor. Preparé dos cafés pero Sara hizo a un lado su taza y dijo que no tomaba infusiones.

-Comés pájaros, Sara -dije.

-Sí papá.

Se mordió los labios, avergonzada, y dijo:

-Vos también.

-Comés pájaros vivos, Sara.

-Sí papá.

Me acordé de Sara a los cinco años, sentada a la mesa con nosotros, llegando apenas a su plato, devorando fanáticamente una calabaza, y pensé que, de alguna forma, solucionaríamos el problema. Pero cuando la Sara que tenía frente a mí volvió a sonreír, y me pregunté qué se sentiría tragar algo caliente y en movimiento, algo lleno de plumas y patas en la boca, me tapé con la mano, como hacía Silvia, y la dejé sola frente a los dos cafés, intactos.

Pasaron tres días. Sara estaba casi todo el tiempo en el living, erguida en el sillón con las rodillas juntas y las manos sobre las rodillas. Yo salía temprano al trabajo y me aguantaba las horas consultando en Internet infinitas combinaciones de las palabras "pájaro", "crudo", "cura", "adopción", sabiendo que ella seguía sentada ahí, mirando hacia el jardín durante horas. Cuando entraba a la casa, alrededor de las siete, y la veía tal cual la había imaginado durante todo el día, se me erizaban los pelos de la nuca y me daban ganas de salir y dejarla encerrada dentro con llave, herméticamente encerrada, como esos insectos que se cazan de chico y se guardan en frascos de vidrio hasta que el aire se acaba. ¿Podía hacerlo? Cuando era chico vi en el circo a una mujer barbuda que se llevaba ratones a la boca. Los retenía un rato, con la cola moviéndosele entre los labios cerrados, mientras caminaba frente al público sonriendo y llevando los ojos hacia arriba, como si eso le diera un gran placer. Ahora pensaba en esa mujer casi todas las noches, dando vueltas en la cama sin poder dormir, considerando la posibilidad de internar a Sara en un centro psiquiátrico. Quizá podría visitarla una o dos veces por semana. Podríamos turnarnos con Silvia. Pensé en esos casos en que los médicos sugieren cierto aislamiento del paciente, alejarlo de la familia por unos meses. Quizás era una buena opción para todos, pero no estaba seguro de que Sara pudiera sobrevivir en un lugar así. O sí. En cualquier caso, su madre no lo permitiría. O sí. No podía decidirme.

Al cuarto día Silvia vino a vernos. Trajo cinco cajas de zapatos que dejó junto a la puerta de entrada, del lado de adentro. Ninguno de los dos dijo nada al respecto. Preguntó por Sara y le señalé el cuarto de arriba. Cuando bajó, le ofrecí café. Lo tomamos en el living, en silencio. Estaba pálida y las manos le temblaban tanto que hacía tintinear la vajilla cada vez que volvía a apoyar la taza sobre el plato. Cada uno sabía lo que pensaba el otro. Yo podía decir "esto es culpa tuya, esto es lo que lograste", y ella podía decir algo absurdo como "esto pasa porque nunca le prestaste atención." Pero la verdad es que ya estábamos muy cansados.

-Yo me encargo de esto -dijo Silvia antes de salir, señalando las cajas de zapatos. No dije nada, pero se lo agradecí profundamente.

En el supermercado la gente cargaba sus changos de cereales, dulces, verduras, carnes y lácteos. Yo me limitaba a mis enlatados y hacía la cola en silencio. Iba dos o tres veces por semana. A veces, aunque no tuviera nada que comprar, pasaba antes de volver a casa. Tomaba un chango y recorría las góndolas pensando en qué es lo que podía estar olvidándome. A la noche mirábamos juntos la televisión. Sara erguida, sentada en su esquina del sillón, yo en la otra punta, espiándola cada tanto para ver si seguía la programación o ya estaba otra vez con los ojos clavados en el jardín. Yo preparaba comida para dos y la llevaba al living en dos bandejas. Dejaba la de Sara frente a ella, y ahí quedaba. Ella esperaba a que yo empezara a comer y entonces decía:

-Permiso papá.

Se levantaba, subía a su cuarto y cerraba la puerta con delicadeza. La primera vez bajé el volumen del televisor y esperé en silencio. Se escuchó un chillido agudo y corto. Unos segundos después las canillas del baño y el agua corriendo. A veces bajaba unos minutos después, perfectamente peinada y serena. Otras veces se duchaba y bajaba directamente en pijama.

Sara no quería salir. Estudiando su comportamiento pensé que quizá sufría algún principio de agorafobia. A veces sacaba una silla al jardín e intentaba convencerla de salir un rato. Pero era inútil. Conservaba sin embargo una piel radiante de energía y se la veía cada vez más hermosa, como si se pasara el día haciendo ejercicios bajo el sol. Cada tanto, haciendo mis cosas, encontraba una pluma. En el piso junto a la puerta del comedor, detrás de la lata de café, entre los cubiertos, todavía húmeda en la pileta del baño. Las recogía, cuidando de que ella no me viera haciéndolo, y las tiraba por el inodoro. A veces me quedaba mirando cómo se iban con el agua. A veces el inodoro volvía a llenarse, el agua se aquietaba, como un espejo otra vez, y yo todavía seguía ahí mirando, pensando en si sería necesario volver al supermercado, en si realmente se justificaba llenar los changos de tanta basura, pensando en Sara, en qué es lo que habría en el jardín.

Una tarde Silvia llamó para avisar que estaba en cama, con una gripe feroz. Dijo que no podía visitarnos. Me preguntó si me arreglaría sin ella y entonces entendí que no poder visitarnos significaba que no podría traer más cajas. Le pregunté si tenía fiebre, si estaba comiendo bien, si la había visto un médico, y cuando la tuve lo suficientemente ocupada en sus respuestas dije que tenía que cortar y corté. El teléfono volvió a sonar, pero no atendí. Miramos televisión. Cuando traje mi comida Sara no se levantó para ir a su cuarto. Miró el jardín hasta que terminé de comer, y sólo entonces volvió al programa que estábamos mirando.

Al día siguiente, antes de volver a casa, pasé por el supermercado. Puse algunas cosas en mi chango, lo de siempre. Paseé entre las góndolas como si hiciera un reconocimiento del súper por primera vez. Me detuve en la sección de mascotas, donde había comida para perros, gatos, conejos, pájaros y peces. Levanté algunos alimentos para ver de qué se trataban. Leí con qué estaban hechos, las calorías que aportaban y las medidas que se recomendaban para cada raza, peso y edad. Después fui a la sección de jardinería, donde sólo había plantas con o sin flor, macetas y tierra, así que volví otra vez a la sección mascotas y me quedé ahí pensando en que iba a hacer después. La gente llenaba sus changos y se movía esquivándome. Anunciaron en los altoparlantes la promoción de lácteos por el día de la madre y pasaron un tema melódico sobre un tipo que estaba lleno de mujeres pero extrañaba a su primer amor, hasta que finalmente empujé el chango y volví a la sección de enlatados.

Esa noche Sara tardó en dormirse. Mi cuarto estaba bajo el suyo, y la escuché en el techo caminar nerviosa, acostarse, volver a levantarse. Me pregunté en qué condiciones estaría el cuarto, no había subido desde que ella había llegado, quizás el sitio era un verdadero desastre, un corral lleno de mugre y plumas.

La tercera noche después del llamado de Silvia, antes de volver a casa, me detuve a ver las jaulas de pájaros que colgaban de los toldos de una veterinaria. Ninguno se parecía al gorrión que había visto en la casa de Silvia. Eran de colores, y en general un poco más grandes. Estuve ahí un rato, hasta que un vendedor se acercó a preguntarme si estaba interesado en algún pájaro. Dije que no, que de ninguna manera, que sólo estaba mirando. Se quedó cerca, moviendo cajas, mirando hacia la calle, después entendió que realmente no compraría nada, y regresó al mostrador.

En casa Sara esperaba en el sillón, erguida en su ejercicio de yoga. Nos saludamos.

-Hola Sara.

-Hola papá.

Estaba perdiendo sus cachetes rosados y ya no se la veía tan bien como en los días anteriores. Preparé mi comida, me senté en el sillón y encendí el televisor. Después de un rato Sara dijo:

-Papi...

Tragué lo que estaba masticando y bajé el volumen, dudando de que realmente me hubiera hablado, pero ahí estaba, con las rodillas juntas y las manos sobre las rodillas, mirándome.

-¿Qué? -dije.

-¿Me querés?

Hice un gesto con la mano, acompañado de un asentimiento. Todo en su conjunto significaba que sí, que por supuesto. ¿Era mi hija, no? Y aún así, por las dudas, pensando sobre todo en lo que mi ex mujer hubiera considerado "lo correcto", dije:

-Sí mi amor. Claro.

Y entonces Sara sonrió, una vez más, y miró el jardín durante el resto del programa.

Volvimos a dormir mal, ella paseando de un lado al otro de la habitación, yo dando vueltas en mi cama hasta que me quedé dormido. A la mañana siguiente llamé a Silvia. Era sábado, pero no atendía el teléfono. Llamé más tarde, y cerca del mediodía también. Dejé un mensaje, pero no contestó. Sara estuvo toda la mañana sentada en el sillón, mirando hacia el jardín. Tenía el pelo un poco desarreglado y ya no se sentaba tan erguida, parecía muy cansada. Le pregunté si estaba bien y dijo:

-Sí papá.

-¿Porqué no salís un poco al jardín?

-No papá.

Pensando en la conversación de la noche anterior se me ocurrió que podría preguntarle si me quería, pero enseguida me pareció una estupidez. Volví a llamar a Silvia. Dejé otro mensaje. En voz baja, cuidando de que Sara no me escuchara dije en el contestador:

-Es urgente, por favor.

Esperamos sentados cada uno en su sillón, con el televisor encendido. Unas horas más tarde Sara dijo:

-Permiso papá.

Se encerró en su cuarto. Apagué el televisor para escuchar mejor: Sara no hizo ningún ruido. Decidí que llamaría a Silvia una vez más. Pero levanté el tubo, escuché el tono y corté. Fui con el auto hasta la veterinaria, busqué al vendedor y le dije que necesitaba un pájaro chico, el más chico que tuviera. El vendedor abrió un catálogo de fotografías y dijo que los precios y la alimentación variaban de una especie a la otra.

-¿Le gustan los exóticos o prefiere algo más hogareño?

Golpeé la mesada con la palma de la mano. Algunas cosas saltaron sobre el mostrador y el vendedor se quedó en silencio, mirándome. Señalé un pájaro chico, oscuro, que se movía nervioso de un lado a otro de su jaula. Me cobraron ciento veinte pesos y me lo entregaron en una caja cuadrada de cartón verde, con pequeños orificios calados alrededor, una bolsa gratis de alpiste que no acepté y un folleto del criadero con la foto del pájaro en el frente.

Cuando volví Sara seguía encerrada. Por primera vez desde que ella estaba en casa, subí y entré al cuarto. Estaba sentada en la cama frente a la ventana abierta. Me miró, pero ninguno de los dos dijo nada. Se la veía tan pálida que parecía enferma. El cuarto estaba limpio y ordenado, la puerta del baño entornada. Había unas veinte cajas de zapatos sobre el escritorio, pero desarmadas -de modo que no ocuparan tanto espacio- y apiladas prolijamente unas sobre otras. La jaula colgaba vacía cerca de la ventana. En la mesita de luz, junto al velador, el portarretrato que se había llevado de la casa de su madre. El pájaro se movió y sus patas se escucharon sobre el cartón, pero Sara permaneció inmóvil. Dejé la caja sobre el escritorio y, sin decir nada, salí del cuarto y cerré la puerta. Entonces me di cuenta de que no me sentía bien. Me apoyé en la pared para descansar un momento. Miré el folleto del criadero, que todavía llevaba en la mano. En el reverso había información acerca del cuidado del pájaro y sus ciclos de procreación. Resaltaban la necesidad de la especie de estar en pareja en los períodos cálidos y las cosas que podían hacerse para que los años de cautiverio fueran lo más amenos posible. Escuché un chillido breve, y después la canilla de la pileta del baño. Cuando el agua empezó a correr me sentí un poco mejor y supe que, de alguna forma, me las ingeniaría para bajar las escaleras.




Samanta Schweblin. Es argentina de origen alemán. Actualmente, reside en Berlín. Su último libro de cuentos, Siete casas vacías, recibió el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, en 2015.







Los Pájaros Muertos
Francisco de Goya
Fecha: 1808-1812
Estilo: Romanticismo
Género: Naturaleza muerta
Técnica: óleo
Material: Lienzo
Localización: Museo del Prado, Madrid, España.


*********************


Espero hayan disfrutado de la entrada. Bienvenidos comentarios y sugerencias. Y si les gustó, les agradecería compartir este u otros links del Blog en las redes sociales.

La cuenta del Blog en Twitter: El Escondite de Orfeo, Twitter.

Saludos y hasta la próxima entrada !!!

viernes, 13 de mayo de 2016

Ciudad Laberinto. Obra Teatral. Teatro El Método Kairós.






El domingo fui a ver Ciudad Laberinto, en el Teatro El Método Kairós (El Salvador 4530, Capital Federal) y hoy comparto con ustedes una reseña de la obra. 

Disfruté muchísimo de la propuesta. Si bien la historia de la obra no tiene una de esas estructuras que se pueden arruinar con "spoilers", porque uno podría conocer totalmente el argumento de la misma e ir a verla sin que el disfrute mengüe ni una milésima por ello, procuraré decir sólo lo necesario para entusiasmar a los lectores de esta entrada para que vayan a verla ...

Las fotos que ilustran la entrada son de Camila Blanco, Anahí Pozzati, Ioni Epelbaum y Ana Vega, las tomé del perfil de facebook de la obra (dejo link al final).



La Muerte es asunto de los Vivos ...






¿Qué sucede cuando alguien muere? ... Parece una pregunta de corte religioso, filosófico, incluso metafísico ... Pero no. ¿Qué sucede "acá", en el mundo de los vivos? ... Después de cierta edad, no son muchas las personas que podrían decir que no han pasado por ese proceso de disponer de los que ya no están, de ejecutar y cumplir esas "últimas voluntades" de quienes nos han abandonado ...

En Ciudad Laberinto todo comienza con Juana, una muchacha que ha perdido a un amigo de su niñez, Carlitos (en realidad comienza con una serie de preguntas, pero más adelante hablaré de ello) ... Juana deberá intentar esparcir sus cenizas desde la copa de un árbol que signó la niñez de ambos ... Pero ella, además de su tristeza y del duelo por la pérdida del amigo de su niñez, deberá lidiar con muchos otros problemas.

Es sabido que esos sitios de la niñez que recordamos como lugares cuasi mitológicos y a los que imbuimos de cualidades que tal vez no poseyeron nunca realmente, suelen ser, luego, en la adultez, difíciles de hallar ... 

Todos/as hemos preguntado alguna vez "¿Te acordás de esa plaza a la que fuimos, esa que tenía la estatua y esos juegos tan lindos y raros...?" Las personas que en nuestro recuerdo nos acompañaban no lo recuerdan y lo niegan del modo más pertinaz ... Dudamos. Tal vez los hemos incluido en un recuerdo que no compartieron con nosotros ... Y cuando lo recuerdan, suelen sus memorias diferir de las nuestras. Entonces resulta que no era una plaza, que era un patio público ... Que no fuimos "aquel" verano sino mucho antes o después ... Que los juegos no estaban ahí sino en una pequeña plazoleta a la vuelta ... Y con suerte la estatua era un mural pintado ...




Con todos esos inconvenientes se deberá enfrentar Juana. Con todo eso y, como si fuese poco, con los celos de una hermana (Inés) que tiene no pocas cosas para recriminarle ...





Ciudad Laberinto tiene muchísimos aciertos narrativos y estéticos. El primero y fundamental es el abordaje del tema. Un tema como el que trata la obra suele "empujarnos" a la tragedia, al dolor, al desgarro por la ausencia de los que amamos o supimos amar, de familiares, amistades, parejas, cónyuges ... Ciudad Laberinto nos lleva en un viaje donde la nostalgia está presente, sí, el dolor también, sí ... la angustia incluso ... pero lo hace a través del humor ... 

Desde lo estético, utiliza un recurso que, por lo que he venido viendo es cada vez más común: el uso de proyecciones y dibujos sobre el fondo a modo de escenario, en vez de los clásicos escenarios teatrales. 

Esta elección estética y técnica permite que los personajes interactúen con esos paisajes y el resultado es muy bello ...




De historias, relatos, narraciones y narradores ...






Desde que somos pequeños y nos cuentan nuestros primeros cuentos empezamos a entrar en un mundo maravilloso, el de la literatura y la narración, en el ACTO NARRATIVO ... Y comenzamos a tomar contacto con toda clase de mecanismos y "modos de contar" que luego, en nuestro paso por la escolaridad, nuestros maestros/as sistematizarán, ellos nos darán varias definiciones y conceptos ... Pero, del mismo modo que empecé con una pregunta, acá surge otra ... Algo que la obra nos hace preguntarnos ... ¿Qué es un narrador? ¿Puede haber narración sin narrador? ¿El simple hecho de narrar algo no modifica ya la naturaleza de aquello que es narrado? ...

Son cuestiones mucho más profundas que no pueden ser respondidas con categorías que uno ha ido recogiendo por ahí, a lo largo de la vida, en el colegio, en algún curso o taller literario. El asunto no se resuelve con ninguna etiqueta como las de Narrador Omnisciente/No Omnisciente etc. ...




En Ciudad Laberinto hay alguien que narra, alguien que nos hace preguntas, de modo literal, que nos interroga como público, pero ... ¿quién es? ...

De Juana sabemos poco, y creo que eso es bueno. Juana podría ser cualquiera de nosotros/as en esa situación. De Carlitos igual, es un amigo muerto ... Cualquiera de nosotros mortales podría ser ... SEREMOS Carlitos ... Pero, ¿y el narrador? (la narradora, es una actriz, aunque no hay en su relato ningún condicionante de género, daría lo mismo si fuese hombre o mujer) ...

Hay un momento de la obra en que ella (la actriz que hace de narradora) habla de sí misma, de su rol en lo que estamos viendo, porque ella es quien nos cuenta ... De los muchos grandes momentos, ese fue uno de mis favoritos: un sujeto que se pregunta por su rol ... O al menos que tiene preguntas para hacernos saber que quien narra no puede estar jamás "fuera" de aquello que relata, porque el hecho de narrar, incluso si se utiliza un dispositivo de escritura o lingüístico para "tomar distancia", nos mete de lleno en aquello que contamos ...




Si la Vida es una Historia, tenemos más de un personaje por interpretar ...


En Ciudad Laberinto los actores desempeñan más de un papel (salvo Juana). Los vemos haciendo más de un personaje. Si bien puedo intuir que como todo emprendimiento teatral hecho a pulmón tiene que ver con un tema de recursos, este hecho termina siendo algo maravilloso ...










Así, quien narra esta historia es también una jefa por retirarse ... La hermana del difunto, un empleado al que quieren "ascender" ... pero que intuye, como tantos/as que esos ascensos se pagan MUY caro ...







El destino puede ser un empleado municipal mal pago ...


En este cambio de roles se produce un efecto que me resultó particularmente interesante. Ignoro si fue una lectura mía, personal, o si es algo que se busca deliberadamente en el texto ...

Ese viaje de Juana por la ciudad en busca del lugar "mítico" de la niñez, un lugar del que no tiene dirección y cuyas pistas para hallarlo son más bien escasas, se ve interrumpido más de una vez. Parece que hay "fuerzas" que "conspiran" para evitar que Juana llegue a destino ... Hay un genial mendigo (o algo así) que también es taxista, lo mandan ... no está allí de casualidad. Él desarrolla un papel, pero ... ¿quién lo manda? ... quién narra ... la jefa  ... el destino ... Hay una actriz, sí, pero ¿es la jefa quien narra, o se trata acaso de quien cuenta la historia? ...

Como decía, no sé si fue una lectura personal o si está buscado en el texto, pero creo que da lo mismo ... Algunas cuestiones que plantea ese personaje (o esos personajes, según cómo lo pensemos) sobre el final me hacen creer que hay cosas puntuales para, al menos entreabrir ciertas puertas del pensamiento, para que visitemos "ciertos cuartos" que esconden preguntas ...

En todo caso, ya sea que exista ahí un narrador que "opera" en la realidad, o bien que, al igual que en la vida, sean "roles separados", podemos estar seguros de que incluso si son la misma persona, siempre hay "alguien por arriba, otro jefe" ... alguien con un "despacho más grande" digamos ... Después de todo, y como señalé con el título de este párrafo, bien podría ser el destino un empleado municipal mal pago ...

Juana, que es la única que "es siempre ella", va superando como puede todos estos escollos, escollos que no sabemos si son obras del azar o parte de un "plan" ... En algún punto, sospechamos que la cuestión, al igual que en nuestras vidas, está mucho más allá de nuestra comprensión e intelecto ... Ella carga con todas estas cuestiones, además de sus propias preguntas ...

Y si hablamos de interrogantes supongo que se estarán preguntando ustedes mismos ... "Bueno, pero ... ¿llega Juana al lugar de su niñez?" ... Y me disculparán, pero yo les responderé con otra pregunta ... ¿Se puede volver realmente a los lugares de la niñez? ... Incluso si los hallamos físicamente ¿podemos volver a "aquel lugar"? ...

Vayan a ver la obra, sáquense la duda ... o mucho mejor ... salgan con más dudas de las que entraron !!!









Ficha Técnica de la Obra:



Texto: Julia Di Ciocco, Ana Pepe
Actúan: Julia Di Ciocco, Guillermo Flores, Malena Manson, Lucía Schaab
Diseño de vestuario: Belén Avilés
Diseño de luces: Alejandro Schaab
Animación: Martín Heredia, Alan Ledesma
Audiovisuales: Delfina Margulis
Dibujos: Martín Heredia, Alan Ledesma
Diseño gráfico: María Chevalier, Facundo Lopez fraga
Asistencia de dirección: María Andrea Turdera
Producción: Laura Gorini
Colaboración coreográfica: Ángeles Piqué
Director musical: Magdalena Clavijo, Eugenio "Chuke" Estela
Dirección: Ana Pepe


Página de Facebook de la Obra:



Cuenta de Twitter:



Página Web del Teatro El Método Kairós:



Para reservar entradas:

Alternativa Teatral o a ciudadlaberintoteatro@gmail.com


----------------------------------------------------------------------


Como siempre, espero hayan disfrutado de la entrada. Bienvenidos comentarios y sugerencias. Y si les gustó, les agradecería compartir este u otros links del Blog en las redes sociales.


La cuenta del Blog en Twitter: El Escondite de Orfeo, Twitter.


Saludos y hasta la próxima entrada !!!